domingo, 19 de diciembre de 2010

Estimado señor Papá Noel

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 19 de diciembre del 2010
Siendo niño, con el alma te quería. Tenía seis años. Vi a mis padres asumir los ritos de tu supuesta misión, mas, decidí hacerme el desentendido. Al contraer matrimonio me convertí en Santa Claus sin por ello estafar a mi hija. Desde la edad de cuatro años ella me ayudó a ponerme el disfraz luego me convirtió sin dificultad en personaje navideño sin que tuviese que engañarla. Cuando pregunté con voz consabida: “¿Te portaste bien?”, me contestó casi con lágrimas en los ojos “Sí, Papá Noel, puedes preguntar a mi papi”.

Con el tiempo cundió el desastre, te multiplicaste como las células malignas. En cada almacén estás, panza de cojín, barba de nailon, peluca plateada, risas de mondongo. Aflojas tu jojojo de baratija. Los chiquillos, al ver cincuenta copias tuyas en centros comerciales optan por hacerse los desenchufados, los padres acolitan la estafa.

En barrios apartados niños de todo color sueñan con tus oropeles, tus promesas, se quedan despiertos esperando el arroz con chancho, la mortadela aunque sea en negro y blanco. Aplastan sus narices en vitrinas donde resplandecen juguetes inalcanzables. La pantalla del televisor es puerta abierta sobre frustraciones. Berrean hasta que una cachetada paterna les devuelva la realidad. Te diré una cosa: tu rival no trae nada rutilante. Nació en un comedero entre un buey y un asno. Los Reyes Magos le obsequiaron mirra, incienso, oro, en vez de traer croquetas de carne molida, queso fresco a José y María. ¿Sabes? Los únicos que salvan tu honor son aquellos padres que se alquilan de Santa Claus por un sueldo irrisorio. Más allá del jojojo desparraman su artritis, sus angustias. Con tal de traer a casa cualquier fruslería se disfrazarían de payasos, de televisor plasma, pueden llevar en la espalda el logo de alguna marca. Hace tiempo que renunciaron a la dignidad. Diciembre es el mes donde mucha gente se enmascara para olvidar lo que es realmente. Nada más patético que un pordiosero con gorro navideño al pie de un semáforo. Nos disfrazamos de solidarios. Quedan como 364 días para volver a ser lo que realmente somos.

Ya nadie cree en tu trineo, tu casa en el Polo Norte. La nieve mágica se volvió cataclismo. Te has trocado en mequetrefe, en chiquilicuatro. El niño del pesebre debía convertirse en repartidor de ilusiones, el crucificado hubieras sido tú. El infante de Belén bebe del seno de María mientras subastas tus sueños de pacotilla. Que no se alarmen los cómplices de tus engaños, los chiquillos no leen la página editorial. En sus casas de cristal piensan que el mundo anda de maravilla. Por una guarida de Bin Laden ¡cuántas cuevas de Alí Baba!

Shirley Mac Laine contó que dejó de creer en ti siendo niña prodigio del cine cuando le pediste un autógrafo. Naciste en 1624. El niño de Belén apareció hace más de dos mil años, nadie lo relaciona con regalos. Lo que él puede obsequiar no tiene valor material. Con el progreso hemos aprendido que también el amor está de venta en tiendas especializadas, la paz se negocia, todo tiene un precio. El recalentamiento global no solo afecta al planeta, está chamuscando los corazones.

Pintura de: Nancy Rhodes Harper

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