domingo, 16 de enero de 2011

¿Qué pasará el 22 de diciembre del 2012?

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 16 de enero del 2011
Será un día como cualquier otro, mas existe una fascinación morbosa por el Juicio Final: terremotos, inundaciones, tsunamis, huracanes, llegada del juez implacable, estridencia de trompetas descocadas. El tema de los desastres naturales llena salas de cine, vibramos con La guerra de las galaxias. En vez de imaginar un Dios misericordioso evocamos el Pantocrátor de mirada pavorosa.

El calendario maya no habla del Fin del mundo sino del inicio de una nueva civilización, lo que sería la mejor noticia del siglo. Empezaríamos a desconfiar de los bienes materiales, buscaríamos valores eternos de solidaridad, justicia. El amor podría salvar a la humanidad pero lo estamos deshaciendo, le ponemos precio: más importante resulta la envoltura que su contenido. ¿De qué sirven senos opulentos de silicona si detrás de ellos se anida la más desolada de las almas? ¿De que sirve el peinado más sofisticado si oculta un cerebro que funciona en cámara lenta? El posible fin de un mundo o de una civilización debería hacernos recapacitar. Amar es ponerse en el alma de nuestra pareja, no solo en su piel. Lo más hermoso que nos puede suceder es construir un amor eterno y sé que es posible cuando domesticamos la ternura.

El día 22 de diciembre del año 2012 será uno más. Muchos sin embargo se arrepentirán de tal o cual error, pecados solapados, infidelidades, egoísmo consumista, pero si no ocurre nada volverán a la misma frivolidad. Aquello de las películas de cataclismo lo vivimos a diario dentro de nuestra realidad. Se calienta el planeta, se enfrían los terrícolas, se humanizan los animales, se bestializan los humanos. El 22 de diciembre del 2012 se llenarán las iglesias, las sinagogas, las mezquitas, se oirá como leitmotiv el trillado “¡Ten piedad!”. Somos nosotros los llamados a practicar la piedad, la compasión, pues si hay un Dios poderoso en el cielo, ha de poseer una paciencia divina frente a nuestras grotescas ínfulas, debe sonreír con ironía frente a lo que nos impulsa a ser diferentes: nuestro automóvil, la ropa cara que lleva nombre de moda. Confieso que casi nunca recuerdo cómo va vestida la gente con la que comparto momentos hermosos ni tampoco miro sus zapatos; en cambio jamás olvido su forma de darme la mano, su manera de mirarme: aquellos contactos pueden emocionarme, intrigarme, apasionarme. No conozco nada tan hermoso como la mirada de un ser humano o la de un animal. Me desespera la frivolidad, sé cuán breve es la vida, cuan caprichosa la fortuna, terminamos vestidos de madera creyéndonos superiores por una que otra tontería cara que los demás no poseen o por una cultura que no pesa mucho al lado de la auténtica gentileza.

El refugio recomendado para el cacareado Fin del mundo es una montaña cerca de un pueblito francés de doscientos habitantes llamado Bugarach. Venderán amuletos, velas, estampas de santos (¡hay 6.538 en el martirologio romano!). Debemos fomentar el turismo de los últimos días. Creo en un Dios que dice: “¡No temas!” (La Biblia menciona esta frase 366 veces. ¿Lo sabían?).

Dibujo de: Thomas Thorspecken
FuenteDiario el universo

domingo, 9 de enero de 2011

Los humanos desaciertos

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 09 de enero del 2011
Siendo viajeros de paso en un planeta que gira a 1.674 kilómetros por hora, no tenemos la mínima idea de nuestra fragilidad, sabemos que nacen cuatro bebés por segundo, mueren dos personas, recordamos que nuestro planeta ni siquiera es la milésima parte de un grano de arena perdido en el espacio. Solo en nuestra Vía Láctea hay billones de estrellas, fuera de ella billones de galaxias. Entonces podemos sentarnos, medir la insignificancia de nuestras ínfulas.

Las estadísticas nos hablan de 23.300 bombas nucleares repartidas en 111 lugares diferentes, capaces de hacer desaparecer todos los testimonios de nuestras civilizaciones. Significa que vivimos entre los amantes del amor y los pioneros de la destrucción. Cien mil hombres se demoraron veinte años para construir la pirámide de Keops. Bastarían minutos para destruirla. Recuerden lo que ocurrió en Afganistán cuando en el 2001 los dos gigantescos Budas de Bamiyan (55 metros de altura) fueron destruidos con dinamita y disparos de tanques.

El peor enemigo del hombre es el hombre mismo. Sin embargo, como lo hizo notar el filósofo Pascal, algo nos engrandece, algo grandioso en nuestra infinita pequeñez: el amor que podemos crear, inventar, la necesidad imperativa que experimentamos de creer en otra vida aunque no tenga nada que ver con la nuestra. 

Equivocados o no, los seres humanos establecen un principio primero al que llaman Dios y nadie podría negar que los constructores de catedrales hablan de un sobrehumano desafío a su condición mortal. Se puede criticar la fe ciega pero permite milagros.

El ser humano es grande no solo por lo que puede realizar sino por los conceptos de justicia, solidaridad, amor que alberga su corazón. Con Platón me quedo.

Entonces, los indefensos amantes sin edad, condición social, color de piel que los hagan diferentes, son los únicos salvadores en potencia que tiene la humanidad para sobrevivir.

Desde que el hombre apareció en el planeta hace varios millones de años, siendo espectacular el progreso material, me pregunto a veces si los hombres que pintaron bisontes, plasmaron las huellas de sus manos en Altamira y Lascaux hace como catorce mil años, no tuvieron más desarrollados que nosotros los sentimientos de solidaridad e igualdad. Frente a ciertas divagaciones del arte actual, me quedo pasmado al recordar los testimonios que nos dejaron los primeros artistas cuando mezclaban tierras de color con jugos vegetales, machacaban piedras de color sin tener reglas ni maestros, estilizaban tan bien como Matisse o Pablo Picasso.

Debemos reinventar valores eternos como la gentileza, la ternura, la cortesía, el respeto a los débiles, a los niños y ancianos. Debemos rescatar la vida interior frente al consumismo desquiciado, buscar las riquezas que no tienen valor material, tomar conciencia de nuestro paso efímero por la tierra. ¿A cuantas personas deberíamos pedir perdón? Me siento aterrado cuando vuelvo a ver la película de mi vida, anotando la cantidad de veces en que cometí equivocaciones, desatinos, fallas garrafales, negando mi ayuda, cegando mi conciencia, faltando a elementales principios de psicología, portándome estúpidamente. Amar puede salvarnos de nuestra insignificancia. Tratemos de salvar lo mejor que puede existir dentro de nosotros antes de juzgar a los demás.

Dibujo de: Isabel Fiadeiro

domingo, 2 de enero de 2011

¿Qué le dio la vida?

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 02 de enero del 2011
¿Quisiera usted ganar el premio gordo de alguna lotería? ¿Sueña con lo que no tiene? ¿Piensa que la felicidad consiste en poseer todo lo que promueve la televisión? ¿La llegada de un nuevo año le incita a desear más de lo que tiene? ¿Un automóvil nuevo, un televisor más grande, una computadora, un celular sofisticado?

Si tienen un BlackBerry querrán comprar un iPhone inteligente, multimedia, con pantalla táctil capacitiva con interfaz de hardware minimalista (si no entiende lo que eso significa, podría significar que el celular de marras es más listo que usted, razón por la que sigo con un sencillo artilugio de fácil manejo). Si la felicidad consistiera en acumular bienes de consumo nunca alcanzaríamos todo lo que anhelamos. Tenemos ojos, nos permiten contemplar el mundo, el cielo estrellado, el verdor del campo, la puesta de sol. Tenemos oídos que nos facilitan el acceso al mundo de los sonidos, la música, las voces queridas, el canto de las aves, el ruido del mar. Podríamos haber nacido sordos pero les tocó a otros. Tenemos una inteligencia de nivel promedio: gracias a ella intentamos agotar el campo del entendimiento humano. Podríamos haber nacido con retraso mental, problemas cerebrales pues les tocó a otros.

Tenemos el don de la palabra: nos permite comunicarnos con nuestros semejantes. Nos tocó aprender a decir “lo siento”, “gracias”, “te amo”. Hubiéramos podido nacer mudos, tartamudos, gagos, tartajosos con lengua de trapo. El destino tuvo otro plan. Tenemos manos con las que acariciamos, escribimos, realizamos mil oficios. Ganamos nuestro sustento, vivimos sin mayores lujos pero siempre hay comida en nuestra mesa, no padecemos la angustia de deber conseguir lo imprescindible. Hubiéramos podido ser chamberos, mendigos, homicidas, niños famélicos en Etiopía, parias en Bangladesh. Millones de seres han sido torturados, encarcelados, quemados en la hoguera. Podíamos ser reos en una cárcel cualquiera pero les tocó a otros.

¿Tenemos mérito alguno en tener tal o cual color de piel? ¿Escogimos el lugar donde nacimos? La única meta para un ser consciente es llegar a ser más humano. No sé si debamos darle gracias a la vida por habernos dado lo que negó a otros: sería tal vez cantarle alabanzas a la desigualdad. Cuando miramos a quienes sufren limitaciones recordamos a lo mejor que podríamos ser uno de ellos. Me pregunto por qué la vida da tanto a unos y tan poco a otros. No hay lugar para la soberbia. Quien se agarra de un apellido, una cuenta bancaria, un trapo de marca, una joya, es tristemente inconsciente. Si fuera chambero poco me importarían Gucci, Van Cleef & Arpels. Vivimos a través de lo que amamos, lo que damos, el resto es literatura. La vida es un privilegio que nos obsequiaron para que podamos encontrar nuestra propia verdad. Nuestros ojos se subliman cuando se pierden en los del ser amado transfigurando la realidad. Somos lo que llegamos a ser o nos limitamos a cuidar nuestra envoltura para impresionar a los demás. La vida es aquel paréntesis de conciencia que nos permite relampaguear un instante entre el nacer y el morir.

Dibujo de: Thomas Thorspecken

domingo, 26 de diciembre de 2010

Ojo por ojo

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 26 de diciembre del 2010
“Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión”. Parece mentira: estoy citando el Antiguo Testamento (Éxodo 21/ 23-24) “Quien matare a un hombre morirá” (Levítico 24/21). Felizmente llegó Jesús, tuvo discípulos partidarios de la no violencia. Gandhi llegó a decir: “Ojo por ojo y todos quedaremos ciegos”. Sabemos que la violencia es la razón de quienes no tienen la razón, no entienden razón. Otra vez Gandhi: “La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. La violencia doméstica está por doquiera: mujeres maltratadas, hijos castigados físicamente, sirvientas explotadas o consideradas como seres inferiores. La violencia es el abuso sexual dentro de una pareja casada, la reducción de la esposa al papel de esclava sumisa, tolerante frente a las infidelidades del esposo pero considerada como ramera si se atreve al mínimo coqueteo. El sexismo, la discriminación, la mujer objeto, el uso perverso de la publicidad en la televisión dan realmente pena.

¿Se podrá devolver el bien por el mal? Estoy seguro de que en muchas oportunidades resulta ser la mejor estrategia. Muy conocida es la anécdota de Robert Lee cuando elogiaba a otro oficial: “General –le dijo un soldado– ¿sabe usted que el hombre del cual habla tan bien es uno de sus peores enemigos?” “Sí –respondió el general–, pero a mí me pidieron mi opinión de él, no la que él tiene de mí”.

Nunca contesten una carta o un mail ofensivo con una injuria peor, siempre saldrán perdiendo. Utilicen el sentido del humor, limítense a exponer argumentos razonables, contundentes. Si los critican con razón, tomen en cuenta la opinión de quiénes la emitan. No hay mejor amigo que un enemigo inteligente. No existe peor enemigo que un amigo adulón. La inteligencia no puede ofender ni lastimar, pero por supuesto permite discrepar. Un enemigo sin inteligencia debe ser ignorado. El que se refugia detrás de un seudónimo no merece respuesta. El adversario noble es aquel que da la cara, expone su divergencia, acepta el diálogo. No se detengan en el camino si alguien los envidia: bien saben que la envidia es un homenaje subliminal que la mediocridad rinde al talento, al éxito, a la suerte.

Devolver el mal por el mal no es repararlo, es multiplicarlo. En las broncas conyugales el más fuerte es aquel o aquella que calla sin someterse, también aquel que sabe decir “lo siento” cuando se sabe equivocado. El más débil es el resentido, el colérico. Suele ser la actitud del machista. No conozco peor cobardía que el maltrato a una mujer, un anciano, un niño.

El blog de LBG (Valencia) me recuerda que los medios violentos nos dan una libertad violenta. El Dalai Lama dijo algo parecido. La ira es una locura pasajera. La gentileza debería ser la religión universal. Cuando salgo a la calle, a pesar de leer tantas crónicas acerca de la delincuencia encuentro gente increíblemente buena, sin que importen su nivel social, el color de su piel. Toda persona que necesita violencia para imponerse resulta ser insegura y desde luego infeliz.
Dibujo de: Ami Plasse

Fuente
Diario el universo