domingo, 13 de febrero de 2011

Las sirenas siempre vuelven al mar

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 13 de febrero del 2011
Solo me comprenderán quienes perdieron de cualquier forma al ser amado. La muerte no existe, inventamos el tiempo. Sucedió en una playa a la que acudía cuando me acosaba el insomnio. Me lanzaba a la carretera hecho un bólido, la canción de Celine Dion When i need you a todo volumen. Llegaba con el corazón en un hilo, me arrullaba el vaivén de las olas. El agua, en su chapaleteo, llenaba cavidades entre rocas. Aquella noche uno de estos hoyos emitió un sonecillo mientras el agua se estremecía. Estalló un flash de escamas azules. Me agazapé, atento al zumbido que fluctuaba entre vuelo de abeja, nota de violonchelo. Extendí la mano, busqué a ciegas entre anfractuosidades; un cacho de cristal me laceró el índice, sentí el relámpago de dolor, brotó un hilito de sangre. Avancé a tientas, la sal del mar hecha lágrimas, toqueteando, sobando rugosas paredes hasta sentir cómo se deslizaba entre mis dedos lo que pareció ser un pececillo. Logré asirlo a pesar de sus convulsiones.

La vi. Era una sirena minúscula, cabía en mi mano. Sus ojos pequeñísimos parecían implorar. Atribuí todo a mi fantasía, mas, una voz dulce me licuó el corazón, me cautivó con murmullos de mar: “No hay veda de sirenas, llévame contigo”. Intuí que debía fugar hacia la ciudad donde la gente seria duerme de noche, despierta de día, no entiende que el amor es locura. Los seres que mueren adoptan para volver formas extravagantes: luces, sonidos, peces, ángeles, gatos con ojos llenos de esmeraldas.

La tentación era grande. En un jarro de boca ancha cuya tapa llevaba agujeros puse agua de mar, zambullí a la sirena, cerré el frasco. Al llegar a mi departamento, la solté en la tina del baño. Prendí velitas a su alrededor. Ella reconoció de inmediato el lugar. Vivo solo. Los días pasaron, la sirena creció. A los pocos meses era una adulta, vestía de blanco, inventaba palabras que solo nosotros entendíamos, recitaba versos que me obsesionaban: “Es hora de agradecer. Con tus desacuerdos descubriste mi verdad”. Me dejé domesticar sin medir consecuencias. Murmulló: “No sufras. Me descubriste un día y me quedé en ti. El tiempo no existe. El mundo está dentro de nosotros”.

Supimos acoplar nuestras almas con trastornos parecidos a los que desquician los cuerpos. Aprendió a nadar en mis ojos, chapotear en mi boca pero sufría por el cambio de hábitat. Inventamos felicidad. Cambió de repente, la noté desmejorada, melancólica. Tenía que devolver aquella sirena a la catedral del mar de donde la rescaté. Lloré como se llora en los duelos, mas decidió retornar al océano. El mar es igual a la muerte que siempre vuelve a ser vida; el amor mismo nunca termina de ser. Sé que algún día viviré en aquel mundo donde ella escondió los sueños que se llevó aunque no pudieron plasmarse en el limitado universo de los humanos. Me sigo levantando por las noches cuando aúlla mi computadora, maúlla mi gata, gime el viento en la ventana, vuelo hacia la playa a velocidad suicida con la esperanza de nunca llegar.

Dibujo de: 

domingo, 6 de febrero de 2011

¿Qué dirá la gente?

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 06 de febrero del 2011
El diccionario la define como conjunto de personas, clase social, de ahí las expresiones: portarse como gente, buena gente, mala gente, gente de medio pelo, pelucones (peor ser calvo dentro de la cabeza) para culminar en el qué dirán, expresión moral de quienes se autodenominan gente. En Estados Unidos he visto hombres y mujeres ir temprano a los supermercados vestidos de pijama lo que me causó una infinita gracia. ¿Tengo que vestir ropa de marca para llegar a ser alguien? ¿Si parezco mala gente o de medio pelo iré al infierno? La prensa rosa da importancia a lo que piensa o dice la gente, a veces canaliza su morbo. En las modernas Torres de Babel hablamos muchos idiomas: católicos versus testigos de Jehová, musulmanes versus judíos, negros contra blancos, costeños, indígenas o serranos, ¿por qué tenemos siempre que estar en contra de algo o de alguien?

Vivan su vida sin lastimar a nadie. Amen, palabra sánscrita, significa “así sea”, siendo también imperativo del verbo amar. Catulo mandó al diablo a quienes le reprochaban beber demasiado: “Meum est propositum in taberna mori ubi non curamos quod sit humus” (Mi propósito es morir en una cantina donde no curamos lo que solo ha sido polvo). Al escoger una formación en latín y griego maestros maravillosos como Petronio, Propercio, Aristófanes, me permitieron ignorar a los deslenguados (“possint nec mala fascinare lingua”). Llegó un momento en que decidí no asumir mi vida en función de los demás, no depender de la aceptación en miradas ajenas. En esta minúscula vida perdemos tiempo en lidiar por los gallos mientras muere la gente. En el siglo XX, seiscientos boxeadores murieron por efecto de los golpes recibidos. ¿Es importante que ustedes tengan sábanas de seda? Para fabricarlas hay que matar miles de capullos. Se introducen las orugas en agua hirviendo. ¿Lo sabían? ¿Pelean por lo de los toros? ¿Les gustan los abrigos de piel? Para hacer uno de visón necesitan matar a 54. Si es de armiño, 200 (Benedicto XVI tiene gorro de armiño). Millones de animales son sacrificados y hasta despellejados vivos cada año para promover “el glamour”, no para alimentar a la gente. Las elegantes, si hace frío, pueden ir a una corrida vestidas de piel. No importa que a una mujer se le ablanden los senos mientras su humanismo, su sentido del humor se yerguen desafiantes. De lo que dice la gente nacieron supersticiones, mentiras, temores. El alma de los puritanos huele a pezuña, a “sepulcros blanqueados”.

“Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente: es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”: Luis Eduardo Aute habla como gente. Sabina despide así a Mercedes Sosa: “La gran dama que bordó puntos y comas en el idioma de la gente”. Los budistas piensan que la iluminación llega desde su vida interior, mientras muchas veces intentamos iluminar o deslumbrar a la gente a partir de nuestra perecedera y frágil envoltura. ¡Un poco menos de zoom y algo más de zen, por favor!

Dibujo de: Journal
 

domingo, 30 de enero de 2011

Carta imaginaria de una esposa

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 30 de enero del 2011
“Vivimos juntos desde el inicio de aquella hermosa aventura, se deshojaron los calendarios, pasaron años, nacieron hijos. Quizás pensaste después del deseo afiebrado, la tan frecuente intimidad, que demostraste tu amor a saciedad. ¿Sabes?, nosotras necesitamos que nos digan siempre aquel “te amo” con que nos conquistaron. Si acomodas la silla para que me siente, si me abres la puerta del automóvil, vuelvo a ser la princesa que poco a poco convertiste en Cenicienta. Cuando estrechas mi mano, me compras flores en Urdesa con adorable torpeza, me emociono más que en cualquier noche ardiente; cuando se te ocurre besar mis ojos y te reto porque dañas mi maquillaje, cuando me sonrojo si me estrechas contra ti en público, siento que vuelvo a ser tu mujer, tu amante secreta, tu cómplice, olvido la ropa sucia, el supermercado, las tareas de los niños, los sobresaltos, los achaques.

Es verdad que lloro con facilidad, te saco de casillas, mas, tengo el alma a flor de piel, resulta fácil lastimarme. Tomo en serio palabras sin importancia, me hago una montaña de un descuido tuyo, me enfurezco si desvistes con los ojos a una mujer poniendo cara de yo no fui. Sé que hay jovencitas que no tienen incipientes arrugas, estrías, cicatrices de cesáreas pero me gustaría recordarte que me conociste joven con senos firmes, amamanté a nuestros hijos, sedimentamos muchas vivencias. Soy tu mujer en las buenas, en las malas, te conozco como nadie, leo tus ojos cuando te deprimes, cuando mientes enredándote en tediosas explicaciones, se te achican los ojos, cierras el teléfono, dices con voz trémula: “otra vez aquella mujer molestosa”. Me hago la insensible, cierro las persianas de mis ojos, trago mentiras, píldoras amargas. Si he de llorar no tendrás el gusto de verlo. Mi almohada conoce secretos que ni siquiera sospechas. Cuando hacemos el amor, mírame a los ojos. Apagar la luz es buscar el anonimato, ahuyentar la intimidad. Me gusta que te preocupes de lo que siento en cada poro en vez de correr desaforado hacia tu propio placer para luego darme la espalda, ponerte a dormir. Quisiera conversar, recordar, jugar, tomar una copa. No quiero ser “la mujer del miércoles” que describe Siomara España ni “la sibila enmudecida” denunciada por Sonia Manzano.

No he cambiado como tú. Cultivo el romanticismo de los inicios. La gente perdona a los hombres su barriga, sus arrugas, su calvicie, pero se supone que nosotras no debemos envejecer. Una pareja que lleva cuarenta años de convivencia puede todavía emocionarse con tan solo rozar la mano del ser amado. Hicimos viajes largos en automóvil, jugabas con mis dedos. Me confesaste que por eso comprabas siempre carros de cambios automáticos. Tu mano derecha me pertenecía. Soy tuya, siempre lo seré pero te esfumas, no me escuchas, preguntas lo que me pasa, contesto: “¡Nada, no pasa nada!”, reprimo ganas de llorar. A veces pienso que te alejaste, dejaste de pertenecerme mientras sigo soñando con aquel hombre con quien me casé. Te amo”. 

domingo, 23 de enero de 2011

Es maravilloso cometer errores

Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

domingo 23 de enero del 2011
Compadezco a quienes jamás se equivocaron. Eso pensé cuando, yendo solo hacia la ruta del norte, adopté un tramo erróneo del camino, mas luego de fastidiarme por el desacierto descubrí al salir de una curva un paisaje paradisiaco con la más bella caída de agua que se puede soñar. Detuve mi carro, prendí un cigarrillo, recordé que había sentido aquel deseo de fumar por haberme perdido al buscar los viñedos de San Miguel del Morro. Surgió el paisaje de aquel entonces, un perro ladrando, unas casas en las que asomaban rostros curiosos, la presencia real del intocable ángel. Un buen día de diciembre del 2010 decidí que solo fumaría después de cometer algún error o de extraviar mi camino. Prácticamente abandoné el tabaco, trato de eliminar las equivocaciones, guardando en mi corazón con mucho celo los más entrañables errores.

Aprendemos más cuando nos metemos en caminos estrechos llenos de árboles, orquídeas salvajes, espejos acuáticos, que al recorrer autopistas a velocidades supersónicas. No existen encuentros equivocados porque cada uno trae su manojo de flores, instantes mágicos aunque puedan costar luego espinas o rasguños. Más vale equivocarnos con entusiasmo que acertar con indiferencia. Más vale dar un traspié que no atrevernos a bailar. Todo error cometido con amor conserva su faceta mágica si sabemos eliminar detalles inútiles. Solo podría arrepentirme por haber lastimado sin querer a alguien, jamás me resentí con quienes me hirieron. Mientras no lo haga bendigo mis locuras, delirios, entusiasmos prematuros. La vida me enseñó que guardar de cada ser lo mejor que ofreció es una forma de sublimar un error. Cada humano tiene un norte y un sur grabado en alguna parte de su cuerpo, de su alma. En vez de prender velitas alrededor del lugar donde murió alguien, ¿por qué no encender en vida mágicos momentos domesticando a una sirena?

Nuestros sueños rebasan la realidad. Escribiré un artículo acerca de mujeres pisciformes que enloquecieron a tantos Ulises. “Los sueños son las sirenas del alma”, decía Flaubert: Solange Rodríguez recuerda las que se esfumaron aprovechando “tiempos blancos”. Evoco “seres que pugnan en los lagos” para convertirse en seres mitológicos (eso suena a Dina Bellrham, loca entrañable). “No se puede vivir evitando la vida”, decía Virginia Woolf. Vivir es desvivirse y si nos morimos en vida por una mujer, muriendo con ella recobraremos la razón (me encantan los silogismos chuecos). Las locuras sublimes son eternas, las efímeras son ilusiones. A lo mejor tenemos cupo para una sola mujer: (“ella es tu tengo que tener” decía Anne Sexton). Brindemos a la salud de Pizarnik ahogada en vodka, a Medardo Ángel Silva, a todos quienes murieron por exceso de voltaje cuando saltaron los fusibles. Morir de amor es tonto, pero vivir sin él es mil veces peor.

Cuando Adán y Eva comieron la fruta inventaron la libertad. El amor desprecia las prohibiciones, evita las carreteras con señales de tránsito. “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor. Si está dentro de ti la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz” (San Agustín).