domingo, 12 de febrero de 2012

El tiempo

Bernard Fougéres
domingo 12 de febrero del 2012
Vivir es dividir cromosomas, llorar de gozo frente a la vida nueva, ser padre, abuelo, amigo, hermano de todo lo que respira: seres, plantas, árboles, flores de un día; vivir es sorprender afecto en los ojos húmedos de un perro, tomar riesgos por el placer de sentirnos vivos. Es consumirnos, dejar un surco de fuego en la madera de nuestra cruz, esculpir el viento, quedarnos con lo esencial. Desafiar el tiempo es romperle los cascos a Rocinante, jorobar al Quijote que llevamos dentro, creer en quienes no existen, llámense Santa Claus, Mafalda, Juan Salvador Gaviota o la misma felicidad. Vivir en pareja es perder nuestras hojas sin reprocharnos la enjuta desnudez, es dormir en los ojos del otro, violar sus sueños secretos. Es desafiarnos constantemente a nosotros mismos: “I wanna go all the way taking off my freak tonight” (quiero ir hasta el final sacando lo más raro de mí esta noche) canta una entrañable desquiciada de cien mil voltios llamada Britney Spears. Vivir es desconfiar de la pretendida cordura que huele a cirios de mala muerte para prender luces de vida buena aunque fuera de otro mundo. Vivir es ver cómo se abre una semilla en el vientre de una mujer, cómo crece una hija cuando logra mantenerse de pie por vez primera luego se oculta detrás de su primera menstruación para volverse hembra, es descubrir en los ojos de Antígona la mirada de Edipo: “Nothing can stop these lonely tears from falling”. Nada puede impedir que sigan cayendo estas lágrimas solitarias (Sinead O’Connor).

Vivir es envejecer sin temor porque no existe otra forma de evitar la muerte, encontrar la ternura cuando se calman los espasmos, rescatar del placer al amor náufrago. El tiempo apremia, la vida es combustión, incineración en cámara lenta, es arder en las llamas del amor incontrolable, desmontarse del potro al final de la jornada, pirrarse por unos dulces, sean lo que fueren, desarmar la cajita de música que amenizó nuestra infancia, la que muele el tiempo con sus púas de bronce, es inventar el cronómetro que anda al revés, ampolletas de arena que podamos invertir según nuestro antojo.

Vivir es experimentar dolor después de la anestesia, resaca luego de la mala noche. Jacinto Santos Verduga escribió: “Perdónenme si mi silencio les causa ruido” pues el tiempo es llaga insomne, hemorragia interminable. Nos desvivimos por un amor que se esfumó en aquel lugar llamado eternidad por quienes no se resignan a morir. El tiempo es ausencia cuando acecha la noche, se vuelve colchón de alfileres, cabalga las agujas del reloj, dice adiós con la mano, brillan como diamantes en sus ojos las postreras lágrimas.

El tiempo parte nuestros sueños, los disgrega, los atomiza, los vuelve tan frágiles que se rompen con cada amanecer. Despertar es darnos cuenta de que sigue intacta la herida: nunca es tan presente el ser amado como cuando ya no está. Seguimos tejiendo con rayos de luna sueños que deshilacha el sol. El tiempo nos da la oportunidad de ser lo que de verdad somos: “Prefiero ser el peor de los mejores que el mejor de los peores”, dijo Kurt Cobain.


Nunca es tan presente el ser amado como cuando ya no está.

Dibujo de: 

domingo, 5 de febrero de 2012

Sé tú mismo

Bernard Fougéres

domingo 05 de febrero del 2012
Para ser original hay que vestirse como los demás: dicta la moda cuál es el color en boga, el corte de cabello adecuado. Una estrella de la pantalla o del canto suele lanzar un estilo, las francesas se peinaban como Brigitte Bardot en los sesenta, los Beatles y Justin Bieber son otros ejemplos. Eso de ser uno mismo fue la norma de Virgilio en su Eneida hace más de 2.000 años, de Propercio en su elegía 1-15. “Sis quodcumque voles non aliena tamen” (Sé lo que tú quieras, por lo tanto, no algo que te sea extraño). Catulo lo dice con las mismas palabras. La frase latina siendo sentencia, búsquenla en Google.

No es necesario ser excéntrico para lograr originalidad siendo lo esencial: ser genuino. Lo de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia; si no la salvo a ella, no me salvo yo” abre las puertas al existencialismo. A veces tendemos a ser lo que los demás quisieran; los políticos manejan esta faceta de la identificación, la convierten en mecanismo de defensa. Yo soy el diario que leo, el canal de televisión que veo, el equipo de fútbol de mi predilección. Recuerdo que frente a un partido entre Francia y Ecuador anhelaba la victoria de los ecuatorianos, pues las circunstancias de mi vida así me lo dictaban.

¿Qué dicen los uniformes, sean de los militares, obispos, bomberos, colegiales, deportistas, servicio doméstico? Vivimos una civilización uniformada siendo lo más importante ser parte del rebaño. El esmoquin o el frac marcan una diferencia social. La sotana del clero, el hábito de las monjas, la toga de los abogados supuestamente inspiran deferencia. Mejor es llegar al banco en Mercedes Benz que en bicicleta, se da por entendido que una mujer con Benetton no es la misma que aquella vestida con ropa de las bahías, existe un abismo entre Neiman Marcus y JCPenney. No suelo fijarme mucho en la envoltura de la gente sino en lo que revela o esconde, cierres herméticos, escotes enloquecedores. Para unos puede ser más importante que Beethoven el ropaje que escogen para ir al concierto.

Tampoco se debe llegar al trillado “es mi opinión y yo la comparto”; al fin y al cabo todas las certezas son provisionales. Comprendo que una mujer se sienta seductora al llevar interiores de Victoria Secret, que por rebote quedemos hechizados por aquellos oropeles o perfumes. El olfato es el órgano más importante de la seducción (hasta los perros lo saben), luego la palabra insinuante: “Tu voz es un bombón que chupo con el oído”. Sé tú mismo, con virtudes y defectos. Basta con recordar la genialidad que esconde la envoltura maltratada de Stephen Hawking frente a las barbaridades que sueltan de repente candidatas a Miss Universo. Ama sin prestar atención al qué dirán, vístete como más cómodo te sientas, busca relaciones que te hagan feliz y te ayuden a superarte. “Sis quodcumque voles”. Sé lo que tú quieras, pero siempre lo que eres.


Basta con recordar la genialidad que esconde la envoltura maltratada de Stephen Hawking frente a las barbaridades que sueltan de repente candidatas a Miss Universo.

Dibujo de: Cathy Gatland

domingo, 29 de enero de 2012

Nos vemos en la TV

Bernard Fougéres

domingo 29 de enero del 2012
Cuanto más crece la pantalla del televisor más corto queda el diálogo con la familia. Una imagen de setenta pulgadas contrarresta la intimidad conyugal. Antaño, cuando hablaban de plasma, querían comentar una transfusión, no sangre para homicidios audiovisuales. Llegará un momento en que haremos el amor en compañía de Harry Potter, iremos acoplándonos al ritmo de un reggaetón. No han inventado todavía el control remoto para cortar las conversaciones en el hogar. Eso del zapping permite surfear entre canales para concluir que no vale la pena quedarnos en uno. También sirve para escuchar la mitad de lo que nos quisiera decir cada miembro de nuestra familia, los cortes comerciales para aliviar las vejigas inquietas, picar cualquier cosa en la nevera.

La televisión nos enseña mediante ardientes series que el roce de labios sutil, el acercamiento dulce o paciente están pasados de moda. El galán de turno demuestra que el tiempo apremia, que debemos devorar la presa con prisa. A una mujer ya no se la corteja, se le atropella el jardín, se viola su ilusión, se la convierte en objeto. Las siliconas o prótesis mamarias revelan que la felicidad del hogar depende del tamaño pectoral de la protagonista. De repente uno de aquellos rellenos sofisticados revienta: Dios puso los pechos pero no se hace responsable de la tecnología de punta inventada por el homo sapiens.

Lo bueno de la pantalla es que propone al telespectador lo que quiere. Lo malo es lo que quiere el televidente. Lo ideal sería poner programas culturales a las cuatro de la madrugada, telenovelas en horas hábiles. Tuvimos el privilegio de estar en palco de honor para presenciar en vivo y directo las dos guerras de Irak, la ejecución de Saddam Hussein, la muerte de Gadafi. Un buen tsunami sube el rating. Si pudiéramos proyectar una ejecución capital, un suicidio, la audiencia sería fenomenal. Lo bueno es que ahora es fácil conseguir para nuestro hijos la Guerra del Golfo en juegos electrónicos. Nuestra prole maneja transbordadores, tanques, ametralladoras; se ha vuelto educativa la computadora. Tienen el buen gusto de preguntar si somos mayores de edad antes de desparramar la pornografía que reclama nuestro primitivo instinto. Si le da dolor de cabeza estar horas frente a la pantalla, recibirán el comercial adecuado para aliviar su migraña. En los cortes alternan desodorantes íntimos, lotería, bancos, gaseosas; también toallas sanitarias, compra de un solarcito en cualquier parque donde impere la paz, así pueden conseguir la serenidad en cómodas cuotas mensuales o menstruales. La pantalla les indicará cómo deben opinar, pero no les dejará tiempo para hacerlo. Muy pronto nos pondrán chips en el cerebro para que armemos nuestra propia programación. La televisión es la hija bastarda que tuvo el cine.

Si me preguntan por qué razón entonces trabajo en ella, la contestación es sencilla: para no tener que verla porque me encanta leer un buen libro sin cortes comerciales. Con el periódico de la mañana tengo mi cuota de angustia, crímenes, violaciones, secuestros, asesinatos a la carta y otras golosinas para el masoquismo.

Dibujo de: Wally Torta

domingo, 22 de enero de 2012

Si Guayaquil fuera la Roma imperial

Bernard Fougéres

domingo 22 de enero del 2012
No tendríamos presidente sino emperador, no asamblea sino senado, no hablaríamos de baja en el precio del petróleo sino de olei bituminosi deminutio. Tendríamos que inventar las tarjetas de crédito o pagar al contado diciendo al camarero: “Presenti pecunia solvemus aut ausenti suscribimos (Pagamos cash o con Diners). En vez del grosero ¡no jodas! usaríamos “Noli me perturbare!”. Cuando al vino bueno le faltase cuerpo, sería: Bene sapit sed animo corporeque caret. No hablaríamos de nuestro celular timbrando sino “Tintinnuncius meus sonat”; el mensaje de salida sería: “Nemo nunc ipsum advenire ad vocem tuam accipiendam potest”. (Nadie en este momento puede atender tu llamada). La hamburguesa de Mac Donald se volvería intrita carnis globulum y el hot dog fervidus canis. Una pizza con todo sería crustum etruscum cum omnibus in eo. La guatita de Abdalá se convertiría en tripas in exotico condimento coctas, el cebiche de corvina: piscis cum bulbis in citero malo muria conditus (pescado macerado con cebolla y limón). El artículo del Pájaro Febres Cordero se tornaría aviculae febris ovis libellum, Polo Baquerizo animaría un programa llamado Fiat mecum mercatura ( ‘Haga negocio conmigo’). ‘Así somos’ sería Sic sumus. En Bijaus, para pedir una cerveza light helada: cerivisiam dilutam geladam potabo. Y si no nos entienden preguntaríamos: Non intellegis quod volo dicere?

Con las palabras modernas usaríamos perífrasis. El condón sería tegumembrana, el caldo de patas jus pedorum cum cicerem (con garbanzo). Me siento perplejo frente a la palabra internet que llamaría interconnexio. Con Velasco hubiéramos apreciado el churrasco “Cum Velasco cibus ovumque supra” (carne con un huevo encima). El yogur espesito sería lactatum coagulatum crassum, las papas fritas a la francesa solanas tuberosas in modo gallico frictas. En amor hazme lo que quieras = fac me quodcumque voles.

Imagino lo que hubiera sido mi vida en la época de Julio César con o sin tantos bienes que tenemos ahora. Ignoro si hubiera sido más feliz al ver obras de Sófocles en el teatro de Epidauro, echando canas al aire con la mesalina de turno. De Aristófanes habría recordado un precepto de vida: “Los hombres sabios aprenden mucho de sus enemigos”. Con seguridad Sócrates hubiera tenido la última palabra: “Solo es útil el conocimiento que nos hace mejor”. Después de todo, Adolfo Hitler era bastante bueno como acuarelista, gustaba a rabiar de las óperas de Wagner. Quizás tuvo razón André Maurois: “La cultura asimilada es lo que queda cuando hemos olvidado todo” . Ignoro lo que almorcé hace once meses, pero aquella comida se convirtió en glóbulos de mi sangre, células de mis huesos. Me encanta la frase poco conocida de San Agustín capaz de bajar los humos de nuestro ego acelerado: “Inter faeces et urinam nascimur”. No es necesario traducir. Solo puedo añadir: así como nacimos nos podemos despedir al final de la vida, perdiendo el control de nuestra mente o de nuestros esfínteres. Tan solo por eso vale la pena ser buenos seres humanos mientras podamos tolerar, escuchar. Quien perdona es un héroe. El amor es un acierto aunque parezca equivocarse.

domingo, 15 de enero de 2012

Amantes a lo moderno

Bernard Fougéres

domingo 15 de enero del 2012
El desarrollo tecnológico rodea el miserable yo de múltiples cosas que permiten prescindir de los demás. Somos islas, aplastamos las teclas de la computadora, números del dial satisfaciendo imprescindibles contactos. Los ojos han perdido expresividad, hemos inventado palabras como “mensajear”, descubierto el clic. Internet nos entrega el correo en bandeja de entrada, entre mails no deseados o eliminados.


Confundimos la falta de amor con aquel egoísmo que nos impulsa al descuido frente a lo que sienten o piensan los demás. No es que el mundo esté lleno de odio sino que impera la indiferencia, cada individuo viviendo dentro de su propia burbuja. En cualquier idioma gritamos “I need you, te necesito. j´ai besoin de toi”. Cada ser humano busca rima, eco, resonancia, puerto, refugio. La peor desgracia consiste en no amar, no sentirnos amados.


Escasean las relaciones interpersonales: se enfrían, se marchitan, se resquebrajan. Tenemos grandes ideales de paz, de justicia pero nos dejamos llevar por el desamor. Impera la inflación, queremos recibir más de lo que damos. El te amo se convirtió en urgencia visceral que va carcomiendo. John Lennon lo cantó: All you need is love: “No hay nada que puedas saber que no se sepa, nada que puedas ver que no se haya visto, ningún lugar adonde puedas estar que no sea donde tienes la intención de estar. Es fácil: todo lo que necesitas es amor”.


Hemos perdido la cortesía, el misterio, el pudor de las palabras, la intuición, la empatía, el deseo de ser parte de otra persona, cortado el hilo de la comunicación, creado interferencias, abolido la urgencia del diálogo. Nos sulfuramos por tonterías, no aceptamos críticas. Deshacemos el amor en vez de tejerlo, se vuelve tacaño, mezquino, se queja de su pobreza pero se embriaga con posesiones materiales suntuosas. Hemos olvidado que el amor es construcción diaria por el resto de nuestra vida, lo esperamos en la vereda como se hace cola para el autobús. Nos cuesta caminar hacia donde mora el sortilegio, espera el hechizo, florece el prodigio, brota la encantación, surge el embrujamiento. Ya no sabemos domesticar, acercándonos con cautelosa ternura. Queremos todo de inmediato. Entre lisonjas y piropos, claro está, el asunto no dura mucho. “¡Qué lindo cutis! ¡Qué lindos ojos!”. Son amores de pacotilla. ¿A quién le interesa bucear en el alma si el amor se queda a flor de piel o de requiebro.


En la época medieval nació el amor cortés pero naufragan Romeo y Julieta, Tristán e Isolda. El divorcio se volvió aspirina para conseguir indiferencia, laxante para eliminar el lirismo. Solo tenemos una delgada tajada de afecto que no deja la relación afectiva florecer a largo plazo. El aborto se vuelve solución cuando el amor pisoteado, convertido en estorbo, llora en un rincón. La felicidad se quiere posesión. En vez de te amo decimos te tengo. Los detalles son lo de menos, las atenciones delicadas lucen como manifestaciones afeminadas. El desamor, busca aquella luz que todo lo vuelve mágico. “Casi todos sabemos querer pero pocos sabemos amar”. Besos venales, no veniales.



Dibujo de: Marina Grechanik

domingo, 8 de enero de 2012

Para el 2012

Bernard Fougéres

domingo 08 de enero del 2012
Descartemos de nuestro camino a toda persona que traiga conflictos, ruidos estériles. Desconfiemos de quien nos alaba con exceso, mañana puede convertirse en nuestro peor enemigo. Hay gente que quema lo que ayer adoraba. Contestemos los mails ofensivos con el más elocuente silencio, aquel que no tiene precio. Vivimos la incivilización del ruido. Decirnos de todo es lo mismo que no decir nada, quien pierde los estribos se cae del caballo. El celular permite llevar ruido propio a cualquier parte. Vibra, suena, muele su musiquita, nos sentimos orgullosos de poseer tan mágico artefacto. No usamos bolígrafo sino teclado; el texto se elabora solo sin aquel estremecimiento que la mano transmitía al papel. La computadora corrige errores ortográficos mas no expresa lo que los dedos trémulos traen desde el corazón al desquiciarse el alma. Muchos amores mueren por excesiva labia, torpes malentendidos, verborragia.

Antes nos amábamos en un desierto poblado de sueños, orgías de luces puras; la más atrevida caricia se sublimaba. Había silencio, ora espeso como la gravedad que nos mantiene en el suelo, ora ligero como la cometa recibiendo mensajitos por medio del hilo. Ya no sabemos callar, mirarnos hasta que duela, se esfuma la frontera entre lágrimas y felicidad. No recordamos por qué la sonrisa es más elocuente que el juramento, por qué la muda aceptación resulta más conmovedora que el bullicioso entusiasmo.
El silencio da valor al “te amo”; las demás palabras son redundancias, excesos, sobras, jarabe de pico. Hemos perdido idiomas esenciales, aquellos gritos que solo se manifiestan en relámpagos de la mirada, dilatación de las pupilas, ligera humedad que invade las manos cuando las hormigas se adueñan del corazón, zumban los oídos, se contrae todo el ser preso del delicioso pánico, vuelan inquietantes aves nocturnas encima de nuestra cabeza, crepita el canguil en el corazón.

Los ojos extraviados en otros ojos se convierten en rueditas dando vueltas a tal velocidad que dan vértigo, así como ocurre cuando nos bajamos de las montañas rusas. No sabemos lo que es amar hasta que suceda aquello. Perdemos el amor en el camino cuando la tierra frena a rayas, se inmoviliza el tiempo, no existe ni vida ni muerte sino eternidad anónima. Callar es expresar. Si pudiéramos traducirlo con palabras ya no existiría el silencio. Creo que podemos casi tocar al posible Dios con la intuición del amor. Hemos convertido el silencioso beso en penetración lúdica olvidando que es pacto místico si los labios se convierten en antenas del sentir. ¿Por qué no existen los pecados vitales si ya conocemos los mortales?

Cuando amamos vivimos acechando el silencio, suspenso de un suspiro. Se derrumbaría la tierra sin que nos percatásemos de ello. Amar es escuchar, callar. El mundo de los sonidos solo se percibe cuando nuestro ser enmudece. No sabemos mirarnos a los ojos mostrando el alma como quien lleva a secar en el viento una prenda blanca. El silencio de Dios ha de ser también el silencio de todo lo que no es Dios. No dejemos que los demás alteren nuestra paz interior. Acojamos a quienes se solazan en nuestras aguas, no a quienes las agitan inútilmente.

Foto de: Amaury Martinez

domingo, 1 de enero de 2012

Cuando lastimamos o salimos lastimados

Bernard Fougéres

domingo 01 de enero del 2012
No podemos detener la piedra una vez lanzada. Huelgan arrepentimientos una vez hecho el daño. La ventana que rompió el guijarro puede ser renovada, la llaga que mortificó la piel puede sanarse sin dejar cicatriz mas los moretones en el alma suelen empollarse en el subconsciente. No existe ser humano que no haya sido golpeado por el duelo irreparable, el amor inextinguible, la decepción impensable. Sigo creyendo en sentimientos que perduran, no concibo haber amado luego olvidado. Conviven en mi alma rostros que mis manos acariciaron durante años, momentos en los que paralicé el planeta. Amar es detener el tiempo, lo que hace la cámara fotográfica. Tan solo mirada, copa de vino, roce casual, simple parpadeo.

Mi computadora recepta múltiples mensajes de ustedes: angustias, frustraciones, reclamos frente a una vida que los atropella, VIH, traiciones, pesadillas económicas, deudas impagables, impulsos al suicidio, amores pisoteados, crisis de fe, dudas, rebeldía, sentimientos imposibles entre personas que se compenetran desde el alma pero se enfrentan con vertiginosas diferencias de edad por culpa de la caprichosa vida.

Nos envanecen satisfacciones intelectuales, emociones artísticas, intentamos frenar surcos burilados en nuestra piel. Si acudimos donde el cirujano para fabricar un rostro nuevo perdemos a veces nuestra identidad, su capacidad expresiva. En el fondo tenemos las arrugas que merecemos, sean de alegría, malicia, picardía, amargura, tristeza, angustia. El tiempo es el mejor de todos los escultores.

Me sucedió lastimar sin querer o sin recordar. Me lo hicieron notar, intenté redimirme con una atención, un ramo de flores, una nota de afecto, un gesto. A veces funcionó, otras no porque me malinterpretaron o tenían un corazón duro. Creo que lo esencial es agotar esfuerzos para reparar errores, remendar fallas. Solo somos seres humanos. Cuando culmina un año es bueno hacer un balance de nuestras equivocaciones, recordar aquellos momentos en que fuimos injustos aunque hayamos actuado de buena fe. Hagamos lo que nos parezca acertado sin esperar que se nos entienda, sin anhelar que se nos conteste, sin arrepentirnos de algo que fue hermoso en su momento. Hay seres humanos cuya ternura me recuerda la de míticos ángeles. Tuve el privilegio de conocer a varios. Desparraman dulzura, lo comprenden todo, lo perdonan todo, no juzgan a nadie, su capacidad afectiva es inagotable, aman más allá de la muerte.

Creo que existe una vida paralela a la que nosotros gastamos, es aquella donde apuntamos tropiezos para no repetirlos en caso que hubiera otra existencia después de esta. No creo en la eternidad de los seres, mas sí en la de ideas o sentimientos. Eduardo Peña Triviño reunió en su concepto del humanismo a seres tan diversos como Catulo, Catón, Teilhard de Chardin, Goethe, Proust, Emma Bovary, Werther, Adriano, Quijote, Ekhnaton, San Agustín, todos apasionados de la vida, incansables buscadores. Omitió al humanísimo Seneca cuyas Letras a Lucilius son mi libro de cabecera. Lo considero más importante que Sócrates. El humanismo verdadero solo considera como pecado que lastimemos a los demás: cualquier monólogo, diálogo, tetrálogo, decálogo brota de ahí. Si dos se besan, cambian el mundo.

Foto de: Amaury Martinez

domingo, 25 de diciembre de 2011

¡Ojo con el esnobismo!

Bernard Fougéres

domingo 25 de diciembre del 2011
Lo encontramos en El Satiricón, cortes reales, reuniones sociales. El llamado dandy era un esnob, en América latina un futre, palabra de poco uso. Encontré en mi biblioteca un Libro de los Esnobs publicado en 1848 por Thackeray. Me divertí encontrando militares esnobs, curas, clubes esnobs. El sarcástico autor desgrana frases como esta: “Muchas veces compramos el dinero demasiado caro”.

¿Qué es un esnob? Pues una persona que imita con afectación lo que está en boga, maneras, opiniones de quienes considera de moda para aparentar ser igual que ellos. Gasta más de lo que tiene, se endeuda con tal de ostentar lo que impone la moda. Si usa Benetton, crece su ego. ¿Qué pensará de la campaña publicitaria de esta marca donde destacados líderes se besan en la boca? Los hijos claman a los padres que no pueden ir al colegio sin zapatos Reebok, Nike, pantalones de marca, camisas Tommy Hilfiger, Gap, polos Ralph Lauren. Oí a un muchacho decir que no podía llegar a la escuela vestido de cholo. “El mundo es un espejo que refleja la imagen del observador” (Thackeray). Si ostento un reloj de precio vertiginoso, tengo dos posibilidades: provocar exclamaciones de admiración, envidia, o ser asaltado salvajemente por unos mozalbetes que no entienden la sutileza de mi elegancia. Les conté una vez la historia de aquel caballero víctima de un aparatoso accidente automovilístico. Se baja maltrecho del vehículo destrozado, exclama llorando: “¡Mi Mercedes!”. Un testigo dice: “Pero, señor, ¿cómo puede lamentar lo del coche si usted perdió el brazo izquierdo?”. El hombre mira su muñón desangrado y grita: “¡Mi Rolex!”.

A los conciertos puntuales van quienes gustan de la música, otros van muy de repente para ser vistos o porque es una de las pocas obras muy conocidas. Se puede pagar cien dólares para escuchar la orquesta de otro país mas no se acude a temporadas gratuitas que da nuestra brillante Orquesta Sinfónica de Guayaquil (así, con orgullosas mayúsculas). No existe música elitista sino música para quienes la aman sin limitarse a obras trilladas vendidas en colecciones de piezas básicas (el elemental ABC). No es pecado comprar cosas lindas, la falla ocurre cuando las tomamos en serio, terminan poseyéndonos. Manolito, amigo materialista de Mafalda, dice a Felipe, el soñador: “Si no tienes, ni siquiera eres”. ¿De qué sirvió la belleza de aquella candidata a un título internacional cuando declaró que Confucio fue quien inventó la confusión? Creo que la cultura existe para ser amasada como el pan, disfrutada, compartida, hacernos felices, no distinguirnos, menos aún para brillar. Cualquier ser que ama puede volverse mejor que quien pretende saber. Nadie es pobre cuando existe riqueza interior. La peor desgracia es no ser más que rico. El amor auténtico es inmortal, los bienes se esfuman.

¿Somos lo que poseemos? ¡No!... somos lo que amamos. ¿Por qué envanecernos si la vida es tan breve? Cuando nos pongan en el nicho como pan en el horno, ¿quién comentará nuestra mortaja de seda, el reloj Cartier, el ropaje importado. En mi corazón solo quedarán quienes he amado para siempre. Jamás olvido ni me arrepiento. Lo demás fue pamplina, envoltura.


Dibujo de: Omar Jaramillo

domingo, 18 de diciembre de 2011

Desafuero navideño

Bernard Fougéres

domingo 18 de diciembre del 2011
La gastronomía es un elemento más de aquella furia navideña que convirtió una fiesta espiritual en derroche pagano. La llegada del Divino Niño se volvió pachanga, endeudamiento, baile desquiciado de las tarjetas de crédito. Pensamos que sin satisfacciones materiales no podía existir alegría verdadera. Es parte de una campaña mundial que cubre el espectro de nuestro diario vivir. Al querer orientar nuestra sensualidad nos quisieron convencer de que “sin tetas no hay paraíso”. Nos lavaron el cerebro diciéndonos que sin el BlackBerry no éramos nadie, pero apenas salíamos blackberreados hizo su aparición el iPhone. Acabo de leer que la gente está desesperada por la llegada del smartphone. Si no tenemos no somos (Mafalda).

La familia frente al pesebre es imagen de antiguos álbumes. Desforestamos doquiera para tener un pino de verdad. Aparecieron árboles sintéticos con nieve artificial incluida (no cae nieve en Guayaquil que yo sepa). Las tarjetas hablan de paisajes suizos mientras vivimos la época más calurosa del año en un país pintoresco, entrañable. Los centros comerciales se llenan de compradores compulsivos: el consumismo salvaje está en auge. El Papá Noel se clona preguntándose los niños cómo puede haber tantos cuando se supone que es un personaje único, el barbón del jojojo se presta para promover artefactos electrodomésticos, la pizza con todo, el festín de Baltasar, la cena preparada en su domicilio. Los cajeros de los supermercados, los conserjes, los vendedores en las tiendas tienen que ponerse en la cabeza el gorro rojo con la borlita o el pompón, lo que me parece humillante. Se supone que el ambiente tiene que tornarse festivo y para eso nada mejor que el disfraz.

No me apetece ser parte del carnaval de diciembre ni pensar que sin pavo no hay Navidad, pues eso de doble pechuga me recuerda otro eslogan de campaña relacionado con las féminas y sus atributos. Lo importante será el amor que usted ponga en la mesa, no importa que llegue con arroz, pollo, menestra, pernil de chancho, meloso de gallina. Pueden comer lo que se les antoje o lo que les alcance. Hay un proverbio bíblico que reza con sabiduría: “Mejor es una comida de verduras donde hay amor que de buey engordado donde hay odio”. Que sea locro con cueritos, pescado a la plancha, pechugas de pollo a la parrilla, nunca llegará la comida a ser lo esencial. Por más que nos bombardeen con páginas a todo color, fotos impresionantes de platos barrocos, despliegue de tentempiés multicolores, estaremos esperando que la Navidad nos traiga algo de magia, recuerdos de infancia, cuando una naranja nos hacía felices, cuando los juguetes eran sencillos, cuando no soñábamos con regalos de lujo ni tecnología de punta, cuando la familia se reunía con el único afán de darse amor compartiendo el placer de comer juntos, cuando nos conformábamos con ser quienes realmente éramos en vez de entrar en competencia con nuestros vecinos. Una noche de Navidad, hace de eso muchos años, recibí esta tarjeta de mi amigo Pepe Gómez Izquierdo: “Navidad es cuando el amor se volcó en la Tierra”. Una sola luz en el alma equivale a cien mil focos navideños en la fachada.

Dibujo de: Thomas Thorspecken

domingo, 11 de diciembre de 2011

Valentina, mi pequeña extraterrestre

Bernard Fougéres

domingo 11 de diciembre del 2011
Vive en otro planeta al que tengo acceso cuando ella puebla con insistencia mis sueños, acompaña mis insomnios. Le calculo unos 7 u 8 años. No habla ni habló nunca, pero sus ojos tienen más magnetismo que cien mil imanes. Solo ella sabe que dentro de su ser alguien musita una melodía intraducible. Es sensible al afecto, pero lo siente como si fuera una corriente de agua dulce correteándole por el alma. Su mirada es impenetrable como la de las diosas, muchas veces pienso que oculta secretos indescifrables para quienes usan el lenguaje de los humanos. Mis amigos acostumbrados a mis lucubraciones dicen que escogí como amiga imaginaria a una pequeña autista, tal vez una niña que padece lo que antaño llamaron el pequeño mal; me dan charlas acerca de la epilepsia. No saben que en cierta religión tibetana, quienes sufren convulsiones son seres elegidos. Valentina no sabe que en la Edad Media se hablaba del mal de San Valentín. Julio César y Dostoievski padecieron estos síntomas.

Lo maravilloso de Valentina es que despide amor como del incienso emanan efluvios. Intentar penetrar en sus grandes ojos abiertos es como ingresar atrevidamente a un laberinto del que solo ella posee el hilo mágico de Ariana, aquel que permite salir de aquel enredo. De no tenerlo, usted puede quedar preso de su mirada, llevarla tatuada en su alma como quien mira el sol de frente y se queda largo tiempo con un círculo de luz en la retina. Su inocencia y su amor verdadero no tienen precio.

Valentina cabalga nubes, visita estrellas, viaja sin moverse a cualquier lugar. Su inexpresividad aparente se vuelve obsesiva, inolvidable. Se inventa un mundo de silencio donde ningún ruido puede alcanzarla. Al abstraerse de la vida cotidiana, logra suprimir el tiempo , tan solo el crecimiento de su cuerpo indica que es un ser terrestre. Albergo en mi corazón a miles de niños que por ser diferentes son llamados especiales. Unos padecen el síndrome de Down, pero más allá de sus características físicas suelen desarrollar una gran sociabilidad. Cuando, hace años, viajé a Cuenca para visitar un centro especializado, me asombró el cariño espontáneo que demostraron todas aquellas criaturas. Encontré un poema dedicado a estos chiquillos tan particulares: “Soy un niño especial, no preciso perdón ni penitencia . Nací ya perdonado; dicen que me falta inteligencia, tengo un don superior: la inocencia, es mi arma para amar y ser amado”. Glenda, desde Chile, escribe: “Quizás soñaste, mamá, que tu niño algún día sería arquitecto, médico, bombero, pero ya ves, seré un niño siempre: seguiré a tu lado buscando tu mirada, tu calor, tu amor. Perdón por no ser el bebé que tú esperabas, pero soy así y te enseñaré a amarme como yo te amo. Seré para ti la luna y entraré cada noche por tu ventana”.

Valentina no pidió permiso para irrumpir en mi corazón. Tumbó la puerta, se instaló, puso el cerrojo desde adentro. Por eso la siento mía aunque no conozca su planeta. Algún día ingresaré al corazón de ella y también cerraré el picaporte para quedarme.

Foto de: Amaury Martinez